Ir a las periferias: mucho más que una metáfora
En repetidas ocasiones, Papa Francisco ha insistido en una idea que incomoda, pero también moviliza: la Iglesia —y en realidad toda persona con sentido de humanidad— debe ir hacia las periferias. No se trata solo de una frase inspiradora; es una invitación directa a cambiar la forma en que entendemos nuestro rol en la sociedad.
Cuando el Papa habla de “periferias”, no se refiere únicamente a los bordes geográficos de una ciudad. Habla también de las periferias existenciales: lugares donde habitan la exclusión, el abandono, la pobreza, la soledad, la falta de oportunidades y la invisibilidad social. Son espacios donde muchas veces preferimos no mirar porque nos confrontan con realidades incómodas.
Salir de la comodidad: el verdadero desafío
Ir a las periferias implica romper con la lógica de lo seguro. Es fácil quedarse en entornos conocidos, rodeados de personas que piensan igual y viven condiciones similares. Sin embargo, el llamado es claro: no basta con “esperar” que otros vengan; hay que salir al encuentro.
Esto aplica no solo en el ámbito religioso, sino también en la educación, en la gestión social y en la vida cotidiana. Por ejemplo, en un centro educativo, ¿quiénes son las periferias? Tal vez ese estudiante que siempre queda rezagado, el que tiene problemas en casa, el que no participa, o incluso el que es etiquetado como “difícil”. Ir hacia él requiere tiempo, empatía y una decisión consciente de no ignorarlo.
La periferia como lugar de aprendizaje
Uno de los puntos más potentes del mensaje del Papa es que las periferias no son solo lugares de ayuda, sino también de aprendizaje. Ahí se descubre la resiliencia, la creatividad en medio de la escasez y una humanidad que muchas veces se pierde en contextos más cómodos.
Quien se acerca con una actitud genuina no solo “da”, también recibe: nuevas perspectivas, mayor sensibilidad social y una comprensión más profunda de la dignidad humana.
El riesgo de romantizar la periferia
Ahora bien, hay que decirlo con claridad: ir a las periferias no es hacer turismo social ni generar contenido emocional para redes. Ese enfoque superficial termina instrumentalizando el dolor ajeno.
El verdadero compromiso implica continuidad, respeto y acciones concretas. No se trata de ir una vez, sino de construir vínculos, generar oportunidades y acompañar procesos.
Una invitación incómoda, pero necesaria
El llamado a ir hacia las periferias no es cómodo, y justamente por eso es transformador. Obliga a cuestionar prioridades, a salir de la indiferencia y a asumir responsabilidad.
Al final, no se trata solo de ayudar a otros, sino de redefinir quién eres tú frente a los demás. Porque, como ha insistido el Papa, una sociedad que ignora sus periferias termina perdiendo su centro.


